Síndrome metabólico

En medicina se utiliza el término síndrome para definir un conjunto de alteraciones de la salud en la que varios signos y síntomas coinciden juntos sin causa clara o con causas distintas. A diferencia del término enfermedad, que define una alteración de la salud con una causa clara. Un síndrome puede sugerir la presencia de una enfermedad subyacente o la posibilidad de que se desarrolle en el futuro.

El denominado síndrome metabólico engloba una serie de factores de riesgo cardiovascular que confluyen entre sí y predicen un mayor riesgo de presentar enfermedad cardiovascular y/o diabetes mellitus tipo 2.
Se considera el “padre” de este síndrome a G. Reaven. En 1988 describió el síndrome X, donde el eje central era la resistencia a la insulina. Desde hace al menos un siglo, varios autores habían descrito asociaciones entre los factores de riesgo cardiovascular, aunque sin definir un nexo común.
La resistencia a la insulina no es una enfermedad, sino un estado fisiopatológico (mayor producción de insulina para mantener en equilibrio la glucemia). Los sujetos que presentan esta alteración, lo que supone hasta un tercio de la población sana, tienen más posibilidades de desarrollar factores de riesgo cardiovascular. Su  existencia permite asociar anormalidades biológicas aparentemente no relacionadas.

En los últimos años el síndrome ha recibido múltiples nombres, los más aceptados son los de síndrome metabólico y síndrome de insulinresistencia.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció la primera definición oficial. Otras sociedades científicas formularon definiciones alternativas, con criterios diagnósticos y puntos de corte distintos. Su dificultad de aplicación en la práctica ha hecho que vean relegado su uso. La que más se ha extendido, por su sencillez, ha sido la del Adult Treatment Panel III (ATP-III). Permite su uso en la práctica clínica y con fines de investigación.
Según el ATP-III el diagnóstico se establece cuando están presentes al menos 3 de los 5 criterios diagnósticos (tabla 1). Un mismo sujeto podría cumplir los criterios para ser diagnosticado de síndrome metabólico según una definición pero no según otra.

Obesidad abdominal Perímetro de cintura > 102 en hombres/ > 88 mujeres
Glucosa ≥ 100 mg/dl o tratamiento para la hiperglucemia
Tensión arterial ≥ 130/80 mmHg o tratamiento farmacológico para la hipertensión
Triglicéridos > 150 mg/dl o tratamiento que reduzca los triglicéridos
Colesterol HDL < 40 en hombres / < 50 en mujeres o tratamiento farmacológico

Una debilidad que tiene esta tipificación es que dos sujetos podrían recibir el mismo diagnóstico de síndrome metabólico con factores de riesgo muy distintos tanto en cualidad como en cantidad.

En los últimos años se han publicado innumerables trabajos que hacen referencia a este síndrome. Tiene grandes defensores y detractores. Los defensores establecen el énfasis en que su diagnóstico permite identificar a los pacientes con más riesgo cardiovascular y realizar una intervención más eficaz. Los detractores se plantean incluso la existencia de este síndrome y si el todo es más que la suma de las partes, es decir, si ser diagnosticado de síndrome metabólico es peor que ser diagnosticado de obesidad, hipertensión e hiperglucemia, por ejemplo.

La presencia de síndrome metabólico se ha asociado a otros síndromes y enfermedades:
-Diabetes mellitus tipo 2
-Enfermedad cardiovascular: cardiopatía isquémica y enfermedad vascular cerebral
-Hipertensión arterial esencial
-Síndrome de ovario poliquístico
-Esteatohepatitis no alcohólica
-Algunos tipos de cáncer (mama, páncreas, colon y próstata)
-Síndrome de apnea obstructiva del sueño
-Trastornos del metabolismo del hierro

Es significativo que en 2005, Reaven publicara una revisión donde defendía la importancia de la resistencia a la insulina como situación fisiopatológica que aboca a un aumento del riesgo cardiovascular, y criticaba la importancia que había cobrado el síndrome metabólico según el ATP-III. Criticaba los criterios elegidos (decidido por un comité de expertos sin basarse en la evidencia de estudios prospectivos), el porqué esos y no otros, su número, porqué 5 y no 4 ó 7, los puntos de corte, e incluso hasta la utilidad de realizar el diagnóstico de síndrome metabólico.

La pregunta que nos podemos hacer es: ¿Qué aporta el diagnóstico de síndrome metabólico frente a utilizar la historia clínica junto a las tablas o ecuaciones de riesgo cardiovascular? Simplicidad. Sólo necesita 5 datos, obtenidos fácilmente. Sólo se necesita una cinta métrica para medir el perímetro de cintura, un esfingomanómetro para medir la presión arterial y una analítica realizada en ayunas que incluya glucosa y un perfil lipídico. Identifica una población de riesgo que podría pasar desapercibida. Permite etiquetar a un paciente sobre el cual realizar prevención primaria, con cambios en el estilo de vida y farmacológicamente.

Tiene limitaciones. Existen pacientes que no cumplen los criterios diagnósticos para ser diagnosticados de síndrome metabólico pero su riesgo cardiovascular es elevado. No valora aspectos importantes como son la edad y sexo del paciente, los hábitos tóxicos (tabaco, alcohol) o la historia familiar de eventos cardiovasculares. Factores éstos que sí se han utilizado en las tablas o ecuaciones de riesgo cardiovascular, obtenidos en estudios clínicos prospectivos y que han sido validados.
Como conclusión, el concepto de síndrome metabólico es útil, sobre todo a nivel poblacional, sin que pueda sustituir la valoración individualizada que debe recibir cada paciente delante de su médico.

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